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La abolición del ejército en Costa Rica y los Cortés: vencedores, vencidos y memoria incómoda

Día de la abolición del Ejército en Costa Rica

Hoy, el día de la abolición del ejército en Costa Rica, proclamada por José Figueres Ferrer el 1.º de diciembre de 1948 en el antiguo Cuartel Bellavista, se ha convertido en uno de los mitos fundacionales de la Segunda República. En el relato oficial, repetido en libros de texto, actos cívicos y discursos políticos, ese gesto se presenta como la culminación de una vocación pacifista excepcional: un país que “cambió los fusiles por libros” y los cuarteles por escuelas (Abolición del ejército de Costa Rica, s. f.).

Esa versión contiene una parte importante de verdad: la abolición reforzó el carácter civil del Estado, contribuyó a desmilitarizar la vida política y abrió espacio para una fuerte inversión en educación, salud e infraestructura social (Camacho, 2010).

Sin embargo, al propio se deja fuera nombres, apellidos y experiencias concretas.

Entre los grandes ausentes del relato se encuentran los Cortés, tanto la figura de León Cortés Castro como el cortesismo y las familias que lo representaban, muchos de cuyos miembros fueron perseguidos, encarcelados, atrincherados o empujados al exilio después de la guerra civil de 1948 (Bonilla Castro, 2016; Molina Vargas, 2018).

Este texto propone releer la abolición del ejército en Costa Rica incorporando explícitamente a los Cortés y al cortesismo como parte de la trama: no solo como telón de fondo, sino como uno de los “enemigos internos” cuya eventual vuelta al poder el nuevo régimen buscó neutralizar.

León Cortés Castro fue presidente de Costa Rica entre 1936 y 1940. Su gobierno impulsó con fuerza obra pública: carreteras, puentes, edificios institucionales y bancarios, al punto de que en 1949 se le declaró Benemérito de la Patria por sus aportes a la infraestructura nacional (León Cortés Castro, s. f.; Bonilla Castro, 2016).

Día de la abolición del Ejército en Costa Rica

No obstante, en el plano político-ideológico su figura se fue cargando de tensión.

A inicios de los años cuarenta se rompe la alianza interna del Partido Republicano y surge el Partido Demócrata, eje del cortesismo opositor al calderonismo (Molina Jiménez, 2006).

El bloque encabezado por Rafael Ángel Calderón Guardia, aliado con el Partido Comunista (Vanguardia Popular), promueve construir la imagen de Cortés como la de un líder autoritario, asociado a simpatías con regímenes que en ese momento empezaban a ser fascistas en Europa y contrario a las recién creadas garantías sociales (Molina Jiménez, 2006).

Como ha mostrado la historiografía sobre la imaginería cortesista, el apellido “Cortés” se convierte en un significante cargado de miedo político: una especie de emblema de lo que no debía volver al poder, utilizado tanto por calderonistas como, posteriormente, por otros sectores para movilizar adhesiones y temores (Bonilla Castro, 2016).

Incluso después de su muerte en 1946, dos años antes de la guerra civil, el cortesismo como corriente —con sus redes familiares y políticas— seguía siendo un actor de peso en la Costa Rica de 1948.

Las elecciones de febrero de 1948 enfrentan al Bloque de la Victoria (calderonistas y comunistas) con el Bloque de la Oposición, que agrupa a cortesistas, ulatistas y figueristas alrededor de la candidatura de Otilio Ulate Blanco (Quesada, 2020; Solís, 2007).

La anulación de esas elecciones desata la guerra civil entre marzo y abril de 1948, considerada el episodio más violento del siglo XX en Costa Rica, con un saldo de más de 3.000 muertos y miles de detenidos y exiliados (Solís, 2007; Molina Vargas, 2018).

En ese enfrentamiento se cruzan tres ejes principales:

• El calderocomunismo, que percibe al cortesismo como la expresión de un orden oligárquico y liberal que amenaza las reformas sociales. • El cortesismo y sectores conservadores que rechazan la alianza Calderó–comunista y se alinean con la oposición. • El emergente movimiento figuerista, que terminará capitalizando militarmente la confrontación y encabezando la Junta Fundadora de la Segunda República (Camacho, 2010).

Tras la victoria del Ejército de Liberación Nacional, el mapa de vencedores y vencidos no se reduce a calderonistas vs. figueristas. Dentro del amplio grupo de derrotados se encuentran comunistas, calderonistas, dirigentes sindicales, campesinos y también cortesistas, incluidos miembros de la familia Cortés y de su entorno político, que vivieron arrestos, confinamientos, expropiaciones y exilio (Molina Vargas, 2018; “El Espíritu del 48”, s. f.).

Abolición del Ejército en Costa Rica
Abolición del Ejército en Costa Rica

Las fuentes de época y la investigación posterior dan cuenta de personas atrincheradas en distintas regiones, familias que debieron refugiarse, propiedades allanadas y una extensa red de presos políticos en cárceles como la Penitenciaría Central (cómo Fernando Cortés y Max “Tuta”Cortes) y en sitios de fusilamiento como el Codo del Diablo, donde fueron asesinados opositores el 19 de diciembre de 1948 (“El Espíritu del 48”, s. f.; Quesada, 2020).

En muchos de esos procesos aparecen apellidos ligados al cortesismo, señalados como enemigos radicales del nuevo orden, el cual manejó los libros de texto, y así la historia “épica”, durante décadas.

La abolición del ejército no fue un gesto aislado. El 11 de octubre de 1948, mediante el decreto n.º 749, la Junta Fundadora de la Segunda República declara disuelto el Ejército Nacional, alegando que un buen cuerpo de policía bastaría para la seguridad del país.

Un año después, el 7 de noviembre de 1949, el artículo 12 de la nueva Constitución consagra la prohibición de mantener ejército permanente (Abolición del ejército de Costa Rica, s. f.).

Leída en clave crítica, esta decisión cumple al menos tres funciones complementarias:

La medida responde a una tradición de fuerzas armadas relativamente pequeñas y a un contexto regional donde los golpes de Estado habían sido recurrentes. La apuesta por un Estado civil pretende evitar la tentación de resolver los conflictos políticos por la vía militar (Camacho, 2010).

Después de una guerra ganada en el campo de batalla, reinstalar un ejército fuerte implicaba abrir la puerta a nuevos golpes. Un aparato armado profesional podía ser tomado, en un futuro, por sectores que añoraban el calderonismo, por grupos comunistas rearticulados o por redes vinculadas al cortesismo que habían sido derrotadas pero no desaparecido (Solís, 2007).

Abolición del ejército en Costa Rica
Abolición del ejército en Costa Rica

En ese sentido, abolir el ejército fue también una medida de autoprotección frente a los vencidos: desactivar institucionalmente el instrumento que históricamente había permitido conspiraciones y contragolpes.

El gesto de Figueres golpeando el muro del Cuartel Bellavista el 1.º de diciembre de 1948, y convirtiendo el edificio en Museo Nacional, se transformó en una escena pedagógica: la imagen de un país que rompe literalmente con el militarismo (Abolición del ejército de Costa Rica, s. f.).

En esa narrativa, las figuras de los vencidos —calderonistas, comunistas, cortesistas— aparecen diluidas en categorías genéricas: “los adversarios”, “el bando perdedor”, “los enemigos de la democracia”.

Los Cortés como familia, sus presos, sus atrincherados, sus exiliados, quedan fuera de foco. El mito necesita una historia de redención, no una cartografía detallada de sufrimientos concretos (Bonilla Castro, 2016; Molina Vargas, 2018).

El Partido Liberación Nacional (PLN) se funda en 1951, en La Paz de San Ramón, a partir del Movimiento de Liberación Nacional y el Partido Social Demócrata (Camacho, 2010).

Durante las décadas siguientes, el PLN construye una hegemonía basada en tres pilares narrativos:

• La guerra de 1948 como “revolución democrática”. • La abolición del ejército como prueba de superioridad moral y pacifista. • La creación de un amplio Estado social y desarrollista: instituciones autónomas, banca pública, expansión educativa y sanitaria.

En ese nuevo panteón, León Cortés ocupa un lugar ambiguo. Por un lado, se le honra como Benemérito y se le dedica un monumento en el Paseo Colón, destacando su obra de infraestructura (León Cortés Castro, s. f.).

Por otro, su nombre permanece asociado —en sectores importantes de la opinión pública— a la imagen de un caudillo autoritario y a la sospecha de simpatías fascistas, configurando una memoria dividida (Bonilla Castro, 2016).

El cortesismo como corriente organizada se diluye con el tiempo; parte de sus bases y descendientes se integran a otros partidos, incluido el propio PLN, mientras que otra parte queda encapsulada en una identidad de vencidos sin relato, marcada por el silencio y la estigmatización.

Sus experiencias de encarcelamiento, de atrincheramiento armado, de despojo o de exilio rara vez llegan a los manuales escolares o a las grandes efemérides, buscando aún más, separarse de la política.

De este modo, la memoria liberacionista logra una operación simultánea:

• incorpora a Cortés como figura útil del pasado (el “presidente constructor”), • pero mantiene al cortesismo derrotado en una zona borrosa, donde no hay que confrontar de frente el costo humano de la victoria de 1948.

Incorporar a los Cortés —con nombre, apellido y trayectoria— a la lectura de la abolición del ejército no pretende rehabilitar un proyecto político ni negar los logros de la desmilitarización. Lo que busca es madurar “el mito pacifista costarricense”.

Eso supone aceptar varias cosas al mismo tiempo:

• Que la abolición del ejército fue, sí, un gesto civilista y modernizador, pero también una estrategia para impedir que los vencidos —calderonistas, comunistas y cortesistas— pudieran recomponer un poder armado capaz de disputar el nuevo orden.



• Que el precio de esa reconfiguración estatal lo pagaron personas concretas: familias encarceladas, líderes fusilados, militantes exiliados, entre ellos miembros y aliados de los Cortés, convertidos en símbolo de lo que debía ser definitivamente derrotado.

• Que la memoria oficial ha privilegiado el brillo del 1.º de diciembre sobre la sombra de la represión posterior, incluyendo episodios como el Codo del Diablo y la prisión prolongada de opositores (Molina Vargas, 2018; Quesada, 2020).

Nombrar a los Cortés dentro de esta historia no es un ejercicio de revancha, sino un acto de rigor histórico y de honestidad democrática. Significa reconocer que la paz costarricense no surgió de una “pureza moral abstracta”, sino de decisiones políticas situadas, atravesadas por miedos, cálculos y correlaciones de fuerza.

Solo cuando los vencidos —entre ellos los Cortés y sus descendientes— recuperan rostro y voz en la narración colectiva, la abolición del ejército deja de ser una fábula para convertirse en lo que realmente es: un episodio extraordinario, sí, pero también humano, contradictorio y complejo. Y una democracia que es capaz de sostener esa complejidad, sin borrar a nadie del cuadro, es una democracia más adulta y más digna.

Referencias:

Abolición del ejército de Costa Rica. (s. f.). En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado el 1 de diciembre de 2025, de https://es.wikipedia.org/wiki/Abolici%C3%B3n_del_ej%C3%A9rcito_de_Costa_Rica

Bonilla Castro, A. (2016). “El gesto que se perpetúa en el bronce”. León Cortés, caudillismo e imaginería de la Guerra Civil. 1936–1952. El Espíritu del 48 / AFEHC.

Camacho, G. M. (2010). La fundación del Partido Liberación Nacional y el origen del Estado social en Costa Rica. Revista de Ciencias Sociales, 129, 29–45.

“El Espíritu del 48”. (s. f.). Secciones Revolución del 48, Presos políticos y Codo del Diablo. Recuperado de https://elespiritudel48.org

León Cortés Castro. (s. f.). En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado el 1 de diciembre de 2025, de https://es.wikipedia.org/wiki/Le%C3%B3n_Cort%C3%A9s_Castro

Molina Jiménez, I. (2006). Catolicismo y comunismo en Costa Rica (1931–1940). Historia Mexicana, 56(1), 107–147.

Molina Vargas, S. E. (2018). La violencia política contra los comunistas tras la guerra civil de 1948 en Costa Rica. Diálogos. Revista Electrónica de Historia, 19(1), 1–31.

Quesada, A. U. (2020). “Caínes despiadados… Caínes invasores”. La invasión del 10 de diciembre de 1948 a Costa Rica en perspectiva nacional y transnacional. Anuario de Estudios Centroamericanos, 46, 1–30.

Solís, M. A. (2007). El 48 como desborde trágico. Anuario de Estudios Centroamericanos, 33, 13–42.

Texto: Dr. Carlos Bonilla Cortés – Director de Poïesis

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